Un mundo en paz es posible? capitulo 6 por Tony "Youani"


 

Capítulo 6

El profesor Salvatierra

El profesor Salvatierra siempre decía que las guerras empiezan mucho antes del primer disparo.

Empiezan en el lenguaje.

Su despacho olía a papel antiguo y café frío. Las paredes estaban cubiertas de libros subrayados durante décadas. Filosofía política, historia, sociología, antropología. No acumulaba textos por erudición, sino por necesidad: buscaba entender por qué la humanidad repite ciertos errores con tanta persistencia.

Aquella mañana, antes de asistir a la mesa redonda, abrió un viejo ejemplar de Sobre la paz perpetua de Immanuel Kant. Había marcado una frase años atrás: la paz no es un estado natural; debe ser construida.

Cerró el libro lentamente.

—Seguimos intentando construirla —murmuró.


Salvatierra creció en una época de polarización política intensa. En su juventud, las discusiones familiares podían convertirse en campos de batalla verbales. Recuerda una cena en particular: su tío golpeando la mesa, su madre llorando en silencio, su padre saliendo al patio para evitar decir algo irreparable.

Nadie disparó un arma aquella noche.
Pero algo se rompió.

Con los años entendió que la cultura del enfrentamiento no necesita violencia física para causar daño. Basta con convertir al otro en caricatura.

—Cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver etiquetas, el conflicto se vuelve inevitable —explicó en una de sus clases.

Nacionalista.
Progresista.
Conservador.
Extranjero.
Elite.
Pueblo.

Las palabras simplifican realidades complejas. Y cuando simplifican demasiado, deshumanizan.


En la universidad, Salvatierra enseñaba un curso llamado “Historia de las Ideas del Conflicto”. No analizaba solo guerras. Analizaba discursos previos a las guerras.

Estudiaba cómo ciertos líderes construían narrativas de humillación colectiva. Cómo se instalaba la sensación de amenaza constante. Cómo se reescribía el pasado para justificar el presente.

Mostraba a sus alumnos que antes de cada enfrentamiento masivo hubo relatos que prepararon el terreno.

La violencia necesita legitimación cultural.

Y la cultura puede también deslegitimarla.


En la mesa redonda, escuchó a Andrés hablar de desigualdad, a Amina hablar de reconciliación, al coronel hablar de seguridad y a Mateo hablar de algoritmos.

Vio un patrón claro.

—Estamos describiendo distintas capas del mismo fenómeno —intervino—. La paz es estructural, pero también simbólica.

El periodista levantó la vista.

—¿Simbólica?

—Sí —respondió—. Las sociedades viven de relatos compartidos. Si el relato dominante es “el otro es una amenaza”, la política y la economía se organizarán en torno al miedo. Si el relato es “el otro es un competidor legítimo”, el conflicto puede gestionarse. Si es “el otro es parte de mi humanidad”, la violencia pierde fuerza.

Amina asintió lentamente.


Salvatierra había estudiado procesos de reconciliación nacional. Le impresionaba el caso de Ruanda, donde después de un genocidio devastador se intentó reconstruir no solo infraestructuras, sino memoria colectiva.

—La cultura puede incubar odio durante generaciones —explicó en otra sesión del encuentro—, pero también puede enseñar perdón.

No confundía perdón con olvido. Sabía que la memoria es delicada. Una memoria manipulada puede reavivar heridas. Una memoria honesta puede sanar.


Una tarde, Mateo le preguntó:

—Profesor, ¿cree que la tecnología está destruyendo nuestra capacidad de diálogo?

Salvatierra sonrió.

—La tecnología acelera lo que ya existe. La pregunta no es si dialogamos menos. Es si estamos dispuestos a escuchar más lento.

Escuchar más lento.

En un mundo que premia la respuesta inmediata, esa frase parecía casi revolucionaria.


En su vida personal, el profesor había aprendido que el orgullo intelectual también puede ser violento. Años atrás, perdió una amistad profunda por insistir en tener razón.

Tardó tiempo en comprender que ganar una discusión no siempre fortalece una relación.

Esa lección lo volvió más prudente. Más atento a los matices.

—La cultura de paz comienza en conversaciones pequeñas —dijo una vez en clase—. En permitir que el otro termine su argumento antes de construir el contraataque.


En la mesa redonda, propuso algo que al principio pareció abstracto:

—Si queremos paz duradera, necesitamos educación emocional y pensamiento crítico desde la infancia. No solo enseñar historia, sino enseñar a interpretarla. No solo enseñar derechos, sino enseñar responsabilidad.

Andrés preguntó:

—¿Y eso cambia salarios?

Salvatierra respondió sin defensiva:

—No directamente. Pero cambia la manera en que una sociedad decide distribuirlos.

El coronel añadió:

—Y cambia la forma en que percibimos amenazas.

Amina completó:

—Y cambia cómo criamos a nuestros hijos.

Las piezas empezaban a encajar.


Cuando le preguntan si la paz mundial es posible, el profesor no responde con optimismo ingenuo.

Responde con cautela esperanzada.

—La violencia no es inevitable. Es aprendida. Y lo que se aprende puede desaprenderse.

Sabe que existen intereses poderosos que se benefician del conflicto. Sabe que la historia no avanza en línea recta. Sabe que la naturaleza humana contiene tanto cooperación como agresión.

Pero también sabe algo más:

Las culturas cambian.

Hace siglos, ciertas prácticas violentas eran normales y hoy resultan impensables en muchas sociedades. Eso no ocurrió por casualidad. Ocurrió por transformación cultural.

La paz verdadera —piensa— no será un momento épico en la historia.

Será un cambio lento en lo que consideramos aceptable.

En lo que celebramos.
En lo que toleramos.
En lo que enseñamos.

Mientras la mesa redonda continúa, el profesor observa a sus compañeros de diálogo y siente algo inusual en tiempos polarizados:

Pluralidad sin ruptura.

Quizá la paz no empiece en tratados internacionales.

Quizá empiece en una sala donde distintas visiones del mundo no buscan anularse, sino comprenderse.

Y tal vez, solo tal vez, la cultura sea el terreno más decisivo de todos.

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