Un mundo en paz es posible? capitulo 4 `por Toni "Youani"


 

Capítulo 4

Mateo

Mateo no recuerda un mundo sin internet.

Su primera memoria política no fue una elección ni una manifestación en la calle. Fue un video viral. Tenía doce años cuando vio cómo miles de comentarios podían convertir una noticia en una tormenta.

No entendía del todo el conflicto que se discutía, pero sí entendía el lenguaje: insultos rápidos, frases incendiarias, verdades a medias compartidas con absoluta seguridad.

—¿Así discuten los adultos? —preguntó entonces.

Nadie supo responderle.


A los diecisiete años empezó a programar. Le fascinaba la lógica limpia del código: si una línea estaba mal escrita, el sistema no funcionaba. No había ambigüedades.

El mundo real era distinto.

En la universidad descubrió cómo funcionaban los algoritmos de recomendación. Cómo una plataforma decide qué mostrar primero. Cómo el contenido que provoca emoción intensa —ira, miedo, indignación— genera más interacción.

Y más interacción significa más tiempo conectado.

Y más tiempo significa más ganancias.

No era una conspiración secreta. Era diseño optimizado.

—El problema no es la tecnología —explicó una vez en clase—. Es qué incentiva.

Una tarde hizo un experimento. Creó dos cuentas nuevas en una red social. En una interactuó con contenido moderado y equilibrado. En la otra, dio “me gusta” a publicaciones extremas.

En menos de una semana, la segunda cuenta vivía en un universo paralelo. Todo era amenaza. Todo era urgencia. Todo parecía confirmar que el mundo estaba al borde del colapso.

Sintió algo inquietante: el algoritmo no odiaba. Pero amplificaba el odio.


En la mesa redonda, mientras el coronel hablaba de seguridad física, Mateo pensaba en otra forma de vulnerabilidad.

—Hoy una mentira puede cruzar el planeta en segundos —dijo finalmente—. Y puede provocar violencia real.

No hablaba en abstracto. Había visto cómo rumores digitales desencadenaban disturbios en barrios concretos. Cómo campañas de desinformación debilitaban elecciones. Cómo teorías falsas alimentaban miedo colectivo.

La guerra ya no necesita fronteras claras.

Puede instalarse en la pantalla de un adolescente a medianoche.


Pero Mateo no era pesimista. Era inquieto.

Junto a un grupo de compañeros desarrolló una pequeña aplicación experimental. No eliminaba contenido. No censuraba opiniones. Solo hacía una cosa: antes de compartir una noticia, preguntaba al usuario si había leído el artículo completo.

El simple gesto reducía la difusión impulsiva.

—A veces la paz empieza con cinco segundos de pausa —le dijo a Amina en uno de los descansos.

Ella sonrió.

Mateo también comenzó a colaborar con periodistas y educadores digitales. Descubrió que la alfabetización mediática era tan importante como aprender matemáticas.

—Nos enseñan a resolver ecuaciones —decía—, pero no a detectar manipulación emocional.


Sin embargo, también enfrentaba contradicciones.

Las empresas tecnológicas ofrecían salarios altos por optimizar exactamente aquello que criticaba: maximizar atención, aumentar permanencia, intensificar interacción.

Una noche, frente a su computadora, recibió una propuesta laboral tentadora. Podría ayudar a diseñar sistemas más eficientes de segmentación de contenido.

Más precisión.
Más personalización.
Más impacto.

Apagó la pantalla.

No porque la tecnología fuera enemiga de la paz, sino porque entendía su poder.

El mismo sistema que conecta familias separadas por océanos puede también encerrar a millones en burbujas de resentimiento.

La herramienta es neutra.
El diseño no siempre lo es.


En la siguiente sesión de la mesa redonda, Mateo hizo una pregunta incómoda:

—Si sabemos que la desinformación genera conflicto, ¿por qué no la tratamos como una amenaza global?

El filósofo habló de libertad de expresión.
El coronel mencionó riesgos de control excesivo.
Amina recordó que muchas voces históricamente silenciadas encontraron espacio gracias a la tecnología.

No era un debate simple.

Mateo lo sabía. No proponía censura masiva ni vigilancia permanente. Proponía responsabilidad compartida: empresas, gobiernos, educadores, usuarios.

—No podemos construir paz en el mundo físico si el mundo digital premia el enfrentamiento constante.


A veces, al cerrar su computadora, Mateo se preguntaba si su generación estaba más expuesta al conflicto o más preparada para resolverlo.

Nunca antes jóvenes de distintos países habían podido dialogar en tiempo real. Nunca antes la cooperación científica había sido tan rápida. Nunca antes movimientos globales por el clima, la igualdad o la justicia se habían organizado en cuestión de días.

La red que difunde odio también difunde solidaridad.

Recordaba una transmisión en vivo durante una crisis humanitaria. Miles de personas donando, compartiendo recursos, ofreciendo ayuda en cuestión de horas.

La tecnología no había creado el impulso solidario. Lo había acelerado.


En la mesa redonda, el coronel le preguntó:

—¿Cree que su generación podrá manejar esta herramienta mejor que la nuestra?

Mateo dudó antes de responder.

—No automáticamente. Pero sí si aprendemos a pensar antes de reaccionar.

La paz digital no depende solo de regulaciones. Depende de cultura. De hábitos. De ética.

Depende de que un joven, a medianoche, decida no compartir un mensaje incendiario sin verificarlo.

Depende de diseñadores que prioricen bienestar sobre adicción.

Depende de que la verdad tenga más atractivo que el escándalo.


Cuando le preguntan si la paz mundial es posible en la era de la hiperconectividad, Mateo no habla de utopías tecnológicas.

Dice algo más simple:

—La tecnología amplifica lo que somos. Si cultivamos miedo, amplificará miedo. Si cultivamos empatía, amplificará empatía.

Y mientras la mesa redonda continúa, queda claro que el nuevo campo de batalla no sustituye al antiguo.

Lo complementa.

La paz del siglo XXI no se negociará solo en tratados diplomáticos.

También se construirá en líneas de código.
En decisiones de diseño.
En clics cotidianos.

Y en la capacidad de una generación para entender que, aunque el mundo esté dividido en pantallas, sigue siendo profundamente humano.

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