Un mundo en paz es posible? capitulo 2 por Tony "Youani"

Capítulo 2

Amina

Amina aprendió la palabra “miedo” antes que la palabra “política”.

Tenía nueve años cuando escuchó el primer disparo. No supo de dónde venía. Solo vio a su madre soltar el plato que sostenía y correr hacia la ventana para cerrarla con manos temblorosas.

—Al suelo —susurró.

El suelo estaba frío. Amina recuerda ese detalle con precisión. El frío atravesándole las rodillas mientras intentaba entender por qué los adultos hablaban en voz baja desde hacía semanas.

Creció en un barrio donde las diferencias religiosas y étnicas no siempre habían sido problema. Las fiestas se celebraban en conjunto. Las madres compartían recetas. Los niños jugaban sin preguntar apellidos.

Hasta que alguien empezó a decir que eran distintos.

Con los años, Amina comprendería que los conflictos no nacen de la nada. Se cultivan. Se alimentan de discursos repetidos, de rumores, de heridas antiguas mal cerradas. Se instalan poco a poco en las conversaciones cotidianas.

Pero aquella niña de nueve años solo sabía que, de repente, el vecino que antes sonreía ahora miraba con desconfianza.

El día que su padre no regresó a casa marcó una frontera invisible en su vida. No hubo despedida. Solo ausencia.

La guerra no siempre grita. A veces se instala en el silencio.


Amina no habla de venganza cuando recuerda esos años. Habla de confusión.

—Lo más peligroso no es el odio —diría años después en la mesa redonda—. Es cuando el odio empieza a parecer normal.

La adolescencia la encontró en un campamento improvisado para familias desplazadas. Allí descubrió algo que cambiaría su destino: las mujeres organizaban redes de apoyo mientras los hombres discutían sobre culpables.

Una mujer mayor, Fátima, reunía a las madres cada tarde bajo una lona desgastada.

—Si dejamos que el miedo nos divida, perderemos más que casas —decía—. Perderemos a nuestros hijos.

Amina escuchaba en silencio. Observaba cómo compartían comida cuando faltaba, cómo se turnaban para cuidar a los más pequeños, cómo resolvían disputas con palabras en lugar de golpes.

Allí comprendió algo esencial: incluso en medio del caos, la paz puede practicarse en pequeño.

No como tratado internacional.
Como decisión cotidiana.


A los veinte años comenzó a estudiar trabajo social. No porque creyera que un título cambiaría el mundo, sino porque necesitaba herramientas para reconstruir el suyo.

Viajó. Escuchó historias similares en otros países. Descubrió que la violencia tenía acentos distintos, pero raíces parecidas: desigualdad, manipulación política, miedo al diferente.

En una conferencia escuchó mencionar a Rigoberta Menchú. Le impresionó una idea: transformar el dolor en voz pública sin convertirlo en arma.

Amina decidió que su activismo no sería estridente, pero sí firme.

Organizó talleres de diálogo entre comunidades enfrentadas. Al principio acudían pocos. Se sentaban separados. Evitaban mirarse.

La primera sesión fue un desastre. Reproches acumulados durante años estallaron en minutos.

Esa noche, Amina lloró. No por fracaso. Por agotamiento.

Pensó en abandonar.

Pero recordó el suelo frío de su infancia. Recordó la ausencia de su padre. Recordó a Fátima bajo la lona diciendo que perder el tejido humano era perderlo todo.

Volvió al día siguiente.

Esta vez cambió la dinámica. No habló de política. Habló de hijos. De miedos. De pérdidas.

Algo se movió.

Un hombre, cuya casa había sido incendiada, dijo en voz baja:

—Yo también tengo miedo cuando mi hijo sale de noche.

El silencio que siguió fue distinto. Ya no era tensión. Era reconocimiento.

La paz, entendió Amina, no comienza con acuerdos firmados. Comienza cuando alguien se atreve a reconocer su propia vulnerabilidad frente al otro.


En la mesa redonda, mientras escuchaba al coronel hablar de seguridad, Amina no sintió rabia. Sintió curiosidad.

—Coronel —preguntó con serenidad—, ¿alguna vez le enseñaron a dialogar con quienes consideraban enemigos?

El hombre tardó en responder.

—No lo suficiente.

Ese “no lo suficiente” era una grieta. Y por las grietas entra la luz.

Amina no cree en la paz ingenua. Ha visto demasiadas heridas abiertas. Sabe que hay intereses económicos, políticos y estratégicos que se benefician del conflicto.

Pero también ha visto algo más poderoso: comunidades que se niegan a heredar el odio.

Cuando le preguntan si la paz mundial es posible, no responde con estadísticas.

Responde con una historia.

—He visto a dos madres, de bandos opuestos, abrazarse después de reconocer que ambas habían perdido a un hijo. Si eso es posible, entonces la paz no es una fantasía. Es una decisión difícil… pero humana.

Esa es su convicción.

La paz no es debilidad.
Es valentía emocional.

Y comienza cuando alguien decide no transmitir el odio que recibió.



 

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