Capítulo 5
Andrés
Andrés no aprendió la palabra “geopolítica” en la escuela.
Aprendió la palabra “turno”.
Turno de mañana.
Turno de noche.
Turno extra.
Su mundo no estaba dividido por fronteras internacionales, sino por quincenas. Por facturas. Por la pregunta constante de si el dinero alcanzaría hasta fin de mes.
Cuando era niño, su padre también trabajaba en la misma planta industrial. No era un empleo lujoso, pero era estable. Había orgullo en esa estabilidad.
—Mientras haya trabajo, hay dignidad —decía su padre.
Pero el mundo cambió más rápido que la fábrica.
Llegaron nuevas tecnologías. Automatización. Recortes. Reestructuraciones que se anunciaban con palabras técnicas y consecuencias muy humanas.
Un viernes por la tarde, varios compañeros salieron con una caja en las manos. Dentro, sus pertenencias. Afuera, incertidumbre.
La paz social comenzó a resquebrajarse ahí.
Andrés conservó su empleo, pero algo cambió en el ambiente. Donde antes había camaradería, empezó a haber competencia silenciosa. Donde antes había confianza, apareció el miedo a ser el próximo en la lista.
—La inseguridad no siempre suena a disparos —dijo una vez en la mesa redonda—. A veces suena a silencio en la línea de producción cuando todos temen preguntar algo.
Con el tiempo, empezó a involucrarse en el sindicato. No por ideología abstracta, sino por necesidad concreta.
Descubrió cifras que lo inquietaron: mientras los salarios se estancaban, los beneficios corporativos crecían. Mientras algunos acumulaban fortunas, otros acumulaban deudas.
No era envidia. Era desequilibrio.
Y el desequilibrio, lo entendió, también es una forma de violencia.
Una noche, su hijo mayor le preguntó:
—Papá, ¿por qué la gente protesta en la televisión?
Andrés dudó.
Pensó en explicar inflación, desigualdad estructural, políticas públicas. Pero eligió algo más sencillo:
—Porque cuando la gente siente que no la escuchan, sale a la calle para que la vean.
Había participado en manifestaciones pacíficas. Había sentido la energía colectiva de quienes pedían condiciones más justas. También había visto cómo, a veces, pequeños grupos convertían la tensión en enfrentamiento.
La frontera entre protesta y disturbio puede ser frágil cuando la frustración se acumula durante años.
En la mesa redonda, mientras el filósofo hablaba de justicia estructural, Andrés asentía en silencio.
Para él, la paz tenía un rostro claro: el de su familia.
—No hay paz donde hay hambre —dijo con voz firme—. No hay paz donde alguien trabaja doce horas y sigue sin poder pagar medicinas.
El coronel lo escuchaba con atención. Amina también.
Mateo tomó nota mentalmente: desigualdad económica y polarización digital no eran fenómenos separados. La frustración material encontraba eco en discursos incendiarios en línea.
Un día, la fábrica anunció una nueva automatización que eliminaría varios puestos. La noticia cayó como una losa.
Andrés reunió a sus compañeros.
—Si respondemos con violencia, perderemos legitimidad —dijo—. Pero si no respondemos, nos borran.
Organizaron diálogo. Exigieron participación en la transición tecnológica. Propusieron capacitación en nuevas habilidades en lugar de despidos masivos.
No fue una victoria total. Nunca lo es. Pero lograron acuerdos parciales.
Fue entonces cuando Andrés entendió algo importante: la paz laboral no significa ausencia de conflicto. Significa manejo justo del conflicto.
Recordaba haber leído sobre países que habían apostado por modelos sociales más equitativos, como Noruega, donde el diálogo entre trabajadores, empresas y Estado era parte estructural del sistema.
No idealizaba. Sabía que ningún modelo es perfecto. Pero comprendía que cuando la desigualdad se reduce, la violencia también tiende a disminuir.
La paz no es solo un tratado entre naciones.
Es un contrato social dentro de cada país.
En una conversación privada durante el encuentro, el coronel le preguntó:
—¿Cree que la pobreza causa la guerra?
Andrés negó con la cabeza.
—No siempre. Pero la injusticia constante crea terreno fértil para que alguien convenza a otros de que la violencia es la única salida.
El filósofo, que escuchaba cerca, añadió:
—La humillación colectiva es una fuerza poderosa.
Y Amina asintió. Lo había visto en su propia historia.
Una tarde, al regresar del trabajo, Andrés encontró a su hijo estudiando con una vieja computadora. El muchacho quería aprender programación, como Mateo.
—Dicen que el futuro está ahí —comentó el chico.
Andrés lo miró con una mezcla de orgullo y preocupación.
El futuro siempre parece estar en otro lado cuando uno pertenece al presente que se desgasta.
En ese momento entendió que la paz también es movilidad. Es posibilidad. Es que la próxima generación no herede las mismas limitaciones.
Cuando le preguntan si la paz mundial es posible, Andrés no habla de ideologías.
Habla de equilibrio.
—Si el mundo concentra riqueza en unos pocos y deja a millones sin oportunidades, habrá conflicto. Puede tardar, puede disfrazarse, pero llegará.
Su voz no tiene dramatismo. Tiene experiencia.
La violencia visible —la guerra— suele ser el último eslabón de una cadena larga de exclusiones.
Si se quiere una paz verdadera, hay que mirar antes de que estalle.
Mirar salarios.
Mirar acceso a educación.
Mirar salud.
Mirar dignidad.
En la mesa redonda, mientras las voces siguen encontrándose, algo se vuelve evidente: la paz no depende de un solo sector.
No depende solo de soldados ni de activistas.
Ni solo de jóvenes tecnológicos ni de filósofos.
Depende también del trabajador que exige justicia sin recurrir al odio.
Depende de construir sistemas donde el conflicto no se reprima, sino que se gestione con equidad.
Porque cuando la dignidad se vuelve norma y no excepción, la violencia pierde argumentos.

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