Un mundo en paz es posible? capitulo 3 por Tony "Youani"


 

Capítulo 3

El coronel

El coronel Herrera no soñaba con batallas.

Soñaba con silencios.

En sus pesadillas no había disparos ni explosiones espectaculares. Había polvo suspendido en el aire. Un radio que chisporroteaba sin respuesta. Un casco abandonado en el suelo.

Treinta años de servicio le habían enseñado que la guerra no se parece a las películas. No tiene música heroica. Tiene confusión. Tiene órdenes que deben cumplirse aunque el corazón dude.

Ingresó al ejército a los dieciocho años. No por ambición bélica, sino por tradición familiar. Su abuelo había servido. Su padre también. En su casa, el uniforme no representaba violencia; representaba disciplina, honor, protección.

—Un país sin defensa es un país vulnerable —le decía su padre.

Él lo creyó.

Y durante años no cuestionó nada.


La primera vez que estuvo en zona de conflicto entendió que la teoría y la realidad son mundos distintos.

El mapa sobre la mesa mostraba líneas claras. El terreno no.

Había civiles. Niños. Ancianos que no sabían exactamente quién disparaba ni por qué. Había jóvenes del “otro lado” que parecían tan asustados como sus propios soldados.

Una noche, tras una operación particularmente tensa, uno de sus hombres —apenas veinte años— le preguntó:

—Mi coronel… ¿esto realmente nos hace más seguros?

No supo qué responder en ese momento.

La seguridad, le habían enseñado, era estratégica: neutralizar amenazas, anticipar ataques, mantener superioridad. Pero la pregunta del muchacho era más profunda.

¿Más seguros para quién?
¿Durante cuánto tiempo?
¿A qué costo?


Herrera ascendió con los años. Aprendió diplomacia militar. Participó en misiones internacionales, algunas bajo mandato de United Nations Peacekeeping.

Allí vio algo diferente.

Soldados de países distintos cooperando para mantener un alto al fuego. Ingenieros militares reconstruyendo puentes. Médicos uniformados vacunando niños.

Por primera vez entendió que el ejército también podía ser instrumento de contención, no solo de confrontación.

Pero incluso en misiones de paz, la tensión estaba siempre presente. Bastaba un rumor, una provocación, una orden mal interpretada para que todo se desmoronara.

La paz era frágil.


El punto de quiebre no fue una gran batalla. Fue una conversación.

En una aldea parcialmente destruida, una mujer se le acercó con un niño de la mano.

—¿Usted puede garantizar que mañana no habrá disparos? —preguntó.

Era una pregunta imposible.

El coronel sabía garantizar perímetros, patrullajes, protocolos. Pero no podía prometer ausencia total de violencia.

Y, sin embargo, comprendió que eso era lo único que aquella mujer necesitaba: certeza para poder dormir.

Esa noche escribió en su libreta algo que nunca mostró a nadie:

“La verdadera seguridad no es dominar al enemigo. Es que una madre no tema por su hijo.”


Al retirarse, muchos esperaban que defendiera posturas duras, discursos inflexibles sobre amenazas globales. Y sí, creía en la necesidad de estructuras de defensa. No era ingenuo.

Pero empezó a decir algo que incomodaba a algunos colegas:

—El ejército prepara para la guerra porque el mundo aún no ha aprendido a prevenirla. Nuestro éxito real sería no tener que intervenir.

Cuando recibió la invitación a la mesa redonda dudó. No estaba acostumbrado a espacios donde un filósofo, una activista y un joven programador compartieran la misma autoridad moral.

Sin embargo, aceptó.


En la sala, al escuchar a Amina hablar de reconciliación comunitaria, sintió algo inesperado: respeto.

Cuando ella le preguntó si le habían enseñado a dialogar con el enemigo, su respuesta fue honesta:

—No lo suficiente.

En la formación militar se estudian tácticas, logística, inteligencia estratégica. Se habla de amenazas, de escenarios, de capacidades.

Se habla menos de trauma colectivo.
Menos de dignidad herida.
Menos de memoria histórica.

Herrera comprendía que desmantelar ejércitos sin transformar las causas del conflicto sería irresponsable. Pero también entendía que confiar únicamente en la fuerza era perpetuar el ciclo.

La disuasión puede evitar una guerra inmediata.
No garantiza una paz duradera.


En uno de los descansos del encuentro, Mateo —el joven informático— se acercó al coronel.

—Señor, ¿cree que mi generación verá menos guerras?

Herrera lo miró con atención.

Vio en él algo que rara vez aparece en los análisis estratégicos: esperanza.

—Dependerá —respondió— de si ustedes aprenden a dialogar antes de que nosotros tengamos que intervenir.

No era una transferencia de responsabilidad. Era un reconocimiento: la paz no puede recaer solo en quienes portan uniforme.


Cuando le preguntan hoy si la paz mundial es posible, el coronel no responde con consignas.

Dice algo más complejo:

—Mientras existan intereses, habrá tensiones. Mientras haya miedo, habrá riesgo de violencia. Pero también he visto enemigos bajar las armas cuando entendieron que el costo humano era demasiado alto. La paz absoluta quizá sea inalcanzable. Pero reducir la violencia de forma radical… eso sí es posible.

No habla como idealista.
Habla como testigo.

Ha visto la guerra de cerca.
Ha contado bajas.
Ha escrito cartas a familias.

Y por eso, precisamente por eso, sabe que la guerra no es un destino glorioso. Es un fracaso acumulado.

En la mesa redonda, mientras las voces continúan entrelazándose, el coronel empieza a entender que la seguridad y la justicia no son opuestas.

Son complementarias.

La verdadera defensa de una nación —piensa ahora— no comienza en el campo de batalla.

Comienza en la educación.
En la equidad.
En la información responsable.
En la capacidad de escuchar antes de disparar.

Y por primera vez en muchos años, sus sueños no tienen polvo ni radios sin respuesta.

Tienen una mesa redonda.

Y voces distintas que, en lugar de enfrentarse, intentan comprenderse.

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