Articulo paciente Abril 2015



Fernando Alonso. Superviviente del Sistema de Salud Mental
Pensar es peligroso, pero eso no es lo relevante. Ponerse en situación de peligro abre la puerta al pensamiento. Eso sí que es lo decisivo. Amar y pensar. El odio de querer vivir.
Santiago López Petit.
La psiquiatría y la psicología son disciplinas del fracaso. Lo son en lo que atañe a la comprensión y reducción del sufrimiento psíquico. La afirmación es dura, pero tampoco hay que alarmarse más de la cuenta. Sucede con otras profesiones y sucede en otros ámbitos de la vida. En todo caso, lo cierto es que la gente sufre. De hecho, puede decirse que, atendiendo a pulcros criterios estadísticos, la gente sufre cada vez más. La situación ha llegado a ser tan familiar que la hemos normalizado. La capacidad de adaptación del ser humano, en ocasiones, es tan asombrosa como siniestra. Los diagnósticos y tratamientos farmacológicos se incrementan a un ritmo vertiginoso. La precariedad define la salud mental de niños y adultos en las sociedades occidentales que conocemos. Cada vez hay más locos, pero como digo, esa locura casi ha sido incorporada a la cotidianidad. Todas las mañanas, al arrancar cada jornada, una parte significativa de nuestras ciudades engulle su ración de psicofármacos antes de salir a la calle. Por las noches el gesto se repite, una miríada de píldoras aterriza en las lenguas de los ciudadanos que buscan conciliar el sueño. El malestar convive con nosotros y ha acabado por parecernos algo completamente normal.
Sé que hay un millón de matices que pueden y quizás deben hacerse a las palabras precedentes, pero en términos generales no considero que estén demasiado desencaminadas. Si atendemos a los criterios que sostiene el propio modelo biomédico imperante, el panorama es desolador. Es decir, si, siguiendo la consigna de los voceros del biologicismo, nos limitamos a aplicar el paradigma médico al estudio y tratamiento de las llamadas “enfermedades mentales”, se nos presenta una realidad tan cruda como evidente: los resultados de psiquiatras y psicólogos clínicos, evaluados bajo la misma lógica médica desde la que operan, muestran que su rendimiento solo puede ser considerado como nefasto. La enfermedad mental está fuera de control desde una perspectiva epidemiológica, y, a su vez, las numerosas promesas que se nos hicieron (recordemos, por ejemplo, el eterno e inminente descubrimiento de pruebas objetivas de diagnóstico) han caído en saco roto.
Hace ya 16 años que fui diagnosticado dentro del sistema público de salud. Desde entonces no se me ha ofrecido ninguna novedad en el tratamiento. A no ser, claro está, que la aparición y prescripción de un nuevo fármaco casi idéntico a su antecesor comercial se considere como tal; en este sentido, la sustitución más destacable y trepidante pareció ser la de Risperdal por Invega. Eso es todo en todo este tiempo.
Existe un desfase entre los “recursos médicos” que se ofrecen a las personas diagnosticadas y la altanería profesional. El conocimiento real que se tiene del sufrimiento psíquico es absolutamente parcial y limitado, y las herramientas que existen para afrontarlo son insuficientes cuando no dañinas. Las expectativas que se ponen sobre la mesa de la consulta no se corresponden con la seguridad y fiabilidad de la que suelen arrogarse los psiquiatras y psicólogos cuando defienden sus posiciones. A fin de cuentas, el objetivo detrás del conocimiento de una patología debería ser su tratamiento. Por tanto, lo que debería ofrecerse al paciente son mecanismos efectivos de mejora de la calidad de vida que se asienten en datos fiables. Sin embargo, nos encontramos en una situación en la que las investigaciones llevadas a cabo en el ámbito de la salud mental –en gran parte financiadas por la industria farmacéutica– se recrean en la reafirmación del propio paradigma. Así, el paciente ha quedado desplazado, cuando no excluido, y la posibilidad de soluciones, o en otras palabras, de futuro, queda sepultada por la arrogancia de un modelo que se reproduce así mismo alimentándose de su propio fracaso.
No tengo intención de negar las mejoras que han podido producirse en el abordaje de los trastornos psíquicos (en las condiciones y tipos de encierro, por ejemplo), ni tampoco la de obviar el trabajo de determinados profesionales. En este territorio que intento sobrevolar, mi condición de persona diagnosticada me exige centrar la atención en otras cuestiones. Me limito aquí, por tanto, a abordar asuntos de orden estructural que considero cruciales para empezar a entender la necesidad de otro pensar.
El relato dominante en aulas y servicios es que las personas que sufrimos psíquicamente tenemos un desajuste en nuestra bioquímica, y la hegemonía de este relato reduccionista implica toda una serie de consecuencias que deben ser tenidas en cuenta a la hora de valorar el fracaso disciplinario del que hablo. En los párrafos siguientes voy a centrarme, aunque sea de una manera algo tosca y rudimentaria, en tres de ellas. En las tres que son para mí más evidentes y cruciales a la vez.
Y evidentemente no me hace falta entrar aquí en un análisis profundo de las causas de esa mortalidad. No es necesario entrar a debatir el peso de los fármacos en cuestiones como el sedentarismo o el tabaquismo. Basta decir que como horizonte vital, este tipo de datos deberían despertar, cuando menos, sensaciones que oscilaran entre el terror y el escepticismo.
La primera de las muchas que deberían destacarse es la inercia. Y la inercia puede tener dos acepciones básicas que conviven demasiado cerca la una de la otra. La primera es la cualidad de lo inerte, de lo que no está vivo, y la segunda hace referencia al hecho de que el reposo o el movimiento de un cuerpo se mantienen de manera indefinida si no hay causa externa que lo altere. En lo que respecta a la salud de las personas, a sus vidas, en ninguno de los dos casos la inercia puede ser una buena compañera de viaje. Bien porque te arrastre a la inacción, bien porque implique una manera de moverse que te deje siempre en el mismo sitio.
Hay inercia formativa, profesional, investigadora, mercantil y de las propias personas que acudimos a los servicios de salud mental. Las sendas están trazadas y uno discurre por ellas sin sobresaltos. Al igual que el ganado dibuja durante décadas sinuosos surcos sobre la falda de la montaña. De la consulta a la farmacia. De la farmacéutica al congreso. De la publicación al reconocimiento profesional. Del despacho al aula. De la sala de espera a la cita con el trabajador social. Y podríamos indicar un sinfín de trayectos más donde nada ni nadie se mueve realmente. Bajo la apariencia de progreso no hay sino una gestión razonablemente eficiente del colapso. Un colapso que afecta tanto a las disciplinas como a las personas.
La segunda consecuencia que puede traerse a escena es un impetuoso amante de la inercia: el negocio. Hay quienes opinarán que la precedió necesariamente, otros mantendrán a su vez que llegó después, cuando el terreno estaba ya abonado. Da igual como haya sucedido, lo importante es que está entre nosotros –también con nosotros y en nosotros– y su presencia lo impregna todo. La salud mental es un negocio fabuloso. Hay que reconocerlo de manera abierta y sin complejos de ningún tipo. Hace años hablar de la mercantilización del sufrimiento psíquico era propio de individuos y colectivos marginales. Hoy, gracias a la mezcla resultante del propio descrédito del que gozan los mercados y la labor crítica de determinados movimientos sociales y algunos investigadores, parece que nadie está en posición de poder afirmar que existe algún tipo de neutralidad o filantropía en los resortes que mantienen en marcha la boyante industria farmacéutica. Los recientes trabajos de Peter Gøtzsche –Medicamentos que matan y crimen organizado– y Joanna Moncrieff –Hablando claro. Una introducción a los fármacos psiquiátricos– ponen el dedo en la llaga y claman a los cuatro vientos algo que todas las personas que hemos pasado por una consulta psiquiátrica sabemos: más allá de nuestra condición de pacientes, somos esencialmente clientes.
Volviendo al tema del que hablaba, es cierto que vivimos inmersos en una lógica de costes y beneficios (algo que sin duda podría definirse en términos de «realidad objetiva»). Por lo tanto, también es cierto que el ámbito de la salud mental no se encuentra fuera de esa lógica, pero la razón por la que se ve especialmente afectada es muy sencilla: los beneficios que genera son astronómicos. No hay que ser ni muy agudo ni muy radical para ver la influencia directa que tiene esto. Para ilustrarlo con una mayor claridad, y a riesgo de ser tachado de trasnochado, citaré a Marx abordando la cuestión de la fetichización de la mercancía: “La producción no produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto”. A partir de estas palabras y haciendo las sustituciones pertinentes, los lectores podrán pasar un rato inquietante y divertido. Sugiero probar a cambiar “producción” por “industria farmacéutica” o “paradigma biomédico”, “objeto” por “fármaco” o “diagnóstico”, “sujeto” por “enfermo mental” o “consumidor”, etc. La cuestión aquí, es que la identidad personal de ese sujeto se ve transformada por esa relación. No se trata algo que pase a tu lado, que te roce, no… te golpea, te modela, te marca.
La tercera consecuencia se puede explicar como fruto de las dos anteriores. Tiene que ver con la situación que ocupa el paciente dentro de este tablero que he tratado de esbozar. Toda vez que su biografía y su dolor han sido escindidos el uno del otro por el escalpelo del saber psiquiátrico, se le ha invalidado y estigmatizado, se le ha predicho un futuro bastante desolador y se le ha convertido en un engullidor de pastillas y receptor pasivo de recursos (cuando los hay), es arrojado a la periferia social. La identidad que alguna vez pudo existir (o acaso llegar a existir) se diluye bajo el peso de los nuevos significantes y sus atribuciones. Se es “paciente”, se es “usuario” (ese gran sustantivo que no dice nada salvo que “usas” algo), se es “diagnosticado” (cuando no directamente “psicótico”, “esquizofrénico”, “bipolar”, etc.)…
El mismo modelo con el que se inician y legitiman todos los procesos de segregación es el responsable final de velar por la recuperación del segregado. La contradicción es tan manifiesta que tengo la hipótesis de que todas las partes implicadas son perfectamente conscientes de ello en un grado u otro. Y sin embargo, nos hemos acostumbrado a callar pese a que los pacientes difícilmente se fían de sus responsables médicos, y estos con demasiada frecuencia creen estar en condiciones de saber todo cuanto está por acontecer en la vida de aquellos.
Así, en el mejor de los casos nos encontraremos ante una relación terapéutica completamente precarizada, y en el peor estaremos frente a un burdo simulacro. La cuestión radica en la comprensión o no de la naturaleza de esta relación. Y cuanto más avancemos en silencio, cegados por la retórica del progreso desplegada en gran parte de los textos académicos y en la totalidad del marketing farmacéutico, más dificultades encon- traremos para pensar alternativas que posibiliten una alianza terapéutica real y efectiva. De hecho, corremos incluso el riesgo de quedar atrapados en la ilusión de que el paso del tiempo conlleva por sí mismo una mejora de la gestión social de la salud mental, de manera que llegue el momento en el que el verdadero problema sea que no podremos recordar el problema mismo: la comprensión y afrontamiento del sufrimiento psíquico. Para evitarlo, no hay que perder de vista algo tan esencial como que hasta el momento, y con las pruebas empíricas de las que se dispone, la “enfermedad mental” no es una enfermedad que pueda ser equiparable al resto de patologías a las que hace frente la medicina. Y en consecuencia, el “enfermo mental” está lejos de ser un enfermo más. Semejante estado de excepcionalidad es rastreable en múltiples direcciones, desde las implicaciones legales que puede acarrear un determinado diagnóstico (pensemos en la reforma del Código Penal planteada por el exministro Alberto Ruiz-Gallardón) hasta la impotencia que experimentan muchos profesionales en sus puestos de trabajo (quienes vocacionalmente buscaron un espacio donde descubren que el cuidado es desplazado por la mera gestión), pero donde mejor se puede apreciar es en el simple día a día de las personas que sufren psíquicamente y en su relación con el conjunto de la sociedad.
Inercia, dinero, desamparo. Tres palabras de las que deberíamos huir a la hora de comenzar a construir otro pensar.
Quizás habiendo dicho esto se entienda mejor que, siguiendo una tendencia abierta hace décadas en el mundo anglosajón, algunas personas nos denominemos “supervivientes” de la psiquiatría o del sistema de salud mental. Hay profesionales que han manifestado su recelo hacia este tipo de expresiones, e incluso han reprochado la existencia de una cierta épica en ellas. Supongo que se sienten tan excluidos de dicha elección como nosotros nos sentimos frente a las rotulaciones diagnósticas. No obstante, para buscar una legitimidad al término hay que remontarse a la experiencia misma y sus protagonistas, y en este sentido personalmente sí considero que hay una dosis considerable de épica en la vida de todos aquellos a quienes a quienes les tapiaron las ventanas y las puertas de sus casas y aun así consiguieron fugarse. Hacer un butrón en la historia que habían escrito para ellos y discurrir otros caminos en busca de un espacio de seguridad donde poder vivir con y en su diferencia. En mitad de un desastre y una confusión generalizados, donde la curación es sustituida por la simple analgesia, concebir escenarios donde es posible no resignarse es sencillamente una necesidad.
Este problema a la hora de dar con palabras que puedan expresar realidades que escapan al conjunto de discursos y prácticas dominantes en la salud mental evidencia una de las primeras tareas a acometer si queremos salir del atolladero en el que están metidos algunos profesionales (aquellos que a diario experimentan la impotencia en sus puestos de trabajo) y todos los pacientes: el lenguaje. El que existe está viciado. Se ha desgajado de la vida hasta el punto de no responder ya a fenómenos concretos, sino a formas concretas de dominación. El lenguaje se impone, y lo más doloroso de todo es que dicha imposición pretende designar una realidad que es nuestra, no de quienes lo administran.
Así, de la misma manera que determinados individuos vivimos experiencias psíquicas inusuales que pueden entenderse como una “realidad no compartida” por el resto de la población “normal”, la psiquiatría y la psicología nos imponen un vocabulario que nosotros no compartimos. Simplemente nos limitamos a tragarlo. Y lo hacemos nuestro, lo que es aún más perturbador, porque acabamos hablando de nuestras vidas con palabras de personas que no saben nada de ellas.
Sin embargo, no nos encontramos sencillamente ante un problema de vocabulario. Si así fuera, podría solucionarse en términos de reemplazo. No, el lenguaje está asociado a un paradigma, a un determinado modelo, y ello acarrea la existencia de unas reglas que establecen un determinado pensar. Las operaciones conceptuales que acontecen dentro del paradigma biologicista siguen un camino que conduce de manera sistemática al desen- cuentro con las vidas de los pacientes que pretende curar. Hay un problema de traducibilidad entre su realidad y la de los profesionales que se ha solucionado a golpe de diagnóstico. El problema es estructural, y por tanto, quien quiera afrontarlo deberá estar dispuesto a desprenderse de buena parte de lo aprendido, a cuestionar sus hábitos de pensamiento y a asumir ciertos riesgos. Salirse del redil siempre implica pagar un precio.
Traeré aquí tan solo en el primero de esos riesgos a los que he aludido: escuchar. La psiquiatría, la psicología y el resto de prácticas-satélites que gestionan el sufrimiento psíquico no escuchan. Más allá de que sean las mismas instituciones las que coarten la escucha, cuando no la imposibiliten directamente, estas disciplinas han perdido la capacidad de recibir informaciones que no pertenezcan a las líneas maestras de su relato. Esto es algo que sabe cualquier persona que pase por consulta. Desgraciadamente, escuchar al otro no es solo prestarle atención, ni dedicarle tiempo, ni ofrecerle consuelo. Va más allá, es una actividad en la que quien escucha se expone a tener que modificar el guion que de una manera más o menos consciente tenía estructurado en su cabeza. Y eso, cuando no está asumido como parte del propio desempeño, jode.
Llegados a este punto, la mayoría de los lectores de este texto podrán legítimamente argumentar: “Genial, pero no hay medios disponibles para articular esa escucha. No ha recursos económicos, ni tiempo”. Y mi respuesta sería la siguiente: “Correcto, pero hay pasos que ya se pueden dar”. El primero es reclamar y pelear por esos medios, por mera dignidad, aunque se pierda la batalla. El segundo es adquirir formación sobre otras estrategias distintas de las ya conocidas. El tercero pasa por ensayar nuevas formas de comunicación a la luz de esa formación que permitan trabajar sin grandes recursos económicos (citaré solo dos que ofrecen resultados positivos especialmente en el campo de la psicosis: el diálogo abierto y los grupos de escuchadores de voces). El cuarto consiste en algo realmente sencillo, que se produce en otros países, pero que en este parece no acabar de cuajar: la búsqueda de espacios de confluencia entre personas diagnosticadas y profesionales, tiempos y lugares donde se den los parámetros mínimos que permitan una comunicación razonable y equilibrada. Pero, y esto es relevante, esta necesidad no se ve satisfecha por la tendencia actual (motivada en buena parte por el marco conceptual que ofrece el modelo recovery) de incorporar en mesas de debate y jornadas a una o dos personas psiquiatrizadas. Ese es tan solo un gesto que con demasiada frecuencia no va más allá de la anécdota y la autocomplacencia.
Somos personas, no etiquetas. Tenemos vidas, no historiales. Y un secreto: disponemos de saberes labrados en el día a día. Conocimientos empíricos que no vienen en los manuales de las universidades. A veces no tienen una forma clara, son herramientas difusas que simplemente nos ayudan a sobrevivir. Otras veces, con el paso de los años y el apoyo entre personas que comparten una misma condición, esos recursos más o menos intuitivos se van puliendo y se transforman en auténticas estrategias terapéuticas. Muchas de las cuales son replicables.
Negar la participación de personas con experiencias concretas en la creación espacios de acción terapéutica es un error básico que condiciona todos los pasos que se dan después de tomar la decisión. No puedo argumentar con exactitud el origen de esta forma de trabajar, e intuyo que las razones son múltiples e incorporan una gran cantidad de matices y aristas. Es evidente que la arrogancia ya mencionada debe tener un peso importante, junto con el inmovilismo inherente a todo corporativismo. Pero también es cierto que el desarrollo de los marcos conceptuales de la psiquiatría y la psicología en nuestro país no puede ser ajeno a cuatro décadas de dictadura. En cualquier caso, la escisión entre el saber académico y el conocimiento directo que tienen de su propio dolor las personas que conviven con él no solo es una tara que evidencia claramente cierto subdesarrollo teórico, sino que no resiste el embate del simple sentido común.
En un plano estrictamente personal, puedo decir que experimento alucinaciones auditi- vas desde los 19 años y que, como es lógico, he hablado con muchos psiquiatras, psicólogos y terapeutas desde entonces, pero jamás ninguno de ellos me ha ofrecido el conocimiento práctico que he podido adquirir leyendo y, sobre todo, escuchando a otras personas que a su vez también escuchan voces. Los saberes que se comparten entre iguales escapan a los marcos de la especulación teórica, se diluyen en las narraciones individuales y ofrecen pistas para reconstruir el propio camino hacia una recuperación real y efectiva. La inmensa mayor parte de lo que sé sobre lo que me pasa se lo debo a otros, a otros como yo: la comunicación o incomunicación con la familia, la gestión de las alucinaciones en el trabajo, la información sobre ingresos hospitalarios, la importancia del descanso, la influencia en las relaciones de pareja, los factores de riesgo que pueden desembocar en una crisis, pautas de prevención… la lista sería interminable.
Fuera de España hay programas dentro de la atención en salud mental donde determinados “pacientes” colaboran de manera decisiva en estrategias de intervención. Y dentro de nuestras fronteras hay numerosas experiencias dentro del campo médico donde determinados pacientes intervienen en calidad de “pacientes expertos” a la hora de gestionar situaciones tan complejas como la aceptación y gestión de una patología crónica. Lo curioso es que la psiquiatría dominante, pese a invocar su pertenencia en igualdad de condiciones al resto de ramas de la medicina, suele asumir del paradigma médico tan solo lo que le conviene. El campo psicopatología no deja de ser un caos controlado por la costumbre, donde los cambios provocan miedo y rechazo. Al fin y al cabo, hay que tener siempre presente que cuando los sistemas se enquistan, tienden a la autoperpetuación como lo haría cualquier ser vivo.
Hasta el momento he recurrido constantemente al concepto de “paradigma” establecido por Thomas Kuhn. Y lo he hecho en su sentido más primario: un modelo teórico que, por las razones que sea, es aceptado por un grupo social. Esta aceptación tiene sus cimientos en un conjunto complejo de razones, entre las cuales destaca el éxito para resolver problemas o anomalías. En este sentido pudiera parecer que la hegemonía del relato biologicista en el ámbito de la salud mental tiene sus días contados: hace décadas que no se producen adelantos significativos en el terreno de la investigación (ni en lo relativo al diagnóstico, ni en lo relativo a los psicofármacos), todavía no se ha podido demostrar el componente biológico de ninguna llamada “enfermedad mental” y, quizás esto sea lo más importante, la gente continúa sufriendo. Sin embargo, esta interpretación simplifica demasiado el trabajo de Kuhn. Habría primero que establecer si la psiquiatría puede considerarse ciencia en un sentido fuerte (si aplica el método científico de facto y no si se trata tan solo de un conjunto más o menos estable de conocimientos y creencias), e incluso qué sentido tiene tratarla desde el aparato conceptual ofrecido por un historiador de la ciencia, y lo que es más importante en nuestro caso, habría que ponderar la relevancia que siempre asignó este autor a las creencias históricas concretas de las comunidades científicas. Y es que una de las grandes aportaciones de Kuhn fue insistir en que las propias creencias son inseparables del marco cultural en el que se desarrollan.Dicho lo cual, el paradigma biológico en salud mental debe ser siempre comprendido en el contexto en el que ha triunfado. De ahí que haya quienes con propiedad hablen ya de “paradigma biocomercial”. Quizás no haya que atender tanto a sus éxitos para comprender su supervivencia como a su funcionalidad contextual. Se adapta a la lógica del mundo en el que se inserta. Se adapta y hace caja. Por tanto, la crítica no puede ni debe ser planteada en términos de relevo: no existe ningún paradigma que pueda suplir al actual operando en las mismas condiciones.
Mi modesta aportación a este debate es que tampoco necesitamos un modelo alternativo. No se trata de escoger entre la fantasiosa cosmología aristotélica y el rigor observacional de Galileo (quien pudo ver que sí, que la Luna tenía montañas y no era la esfera incorruptible que creían Aristóteles y la Iglesia Católica), tal y como nos explica Thomas Kuhn. Se trata de cuestionar el paradigma hegemónico a la vez que se articulan respuestas pragmáticas a los problemas que ese paradigma no sabe, o no le es rentable, abordar. Y esto pasa necesariamente por cuestionar e incidir también en el marco cultural existente. Si no hay una cultura de la escucha, de la gestión horizontal de tiempos y espacios, poco sentido tendrá el descubrir que tiene un potencial terapéutico. Si se apuesta por los grupos de apoyo mutuo en salud mental, donde se practica una comunicación no mediada entre personas que han pasado y pasan por experiencias semejantes, hay que asumir que se está defendiendo una manera específica de relacionarse. Se otorga un valor a una determinada manera de estar en el mundo. La praxis implica un posicionamiento dentro de una correlación de fuerzas e intereses que nos desborda.
El problema esencial de quienes defendemos que la autonomía es el principio, el medio y el fin de la recuperación en salud mental es que este mundo está configurado contra el desarrollo de esa autonomía mucho más allá de los límites establecidos por aulas, consultas y hospitales. Por eso no contemplamos un choque frontal, a la vez que tampoco nos resignamos, buscamos resquicios y contradicciones para instalarnos en ellas. No podemos posponer la disputa ni asumir la derrota. A nuestro alrededor “La regla es: mermelada mañana y ayer… pero nunca hoy”, que diría la Reina de corazones en Alicia en el país de las maravillas. El ayer representa el momento en el que se gozó de una salud ya perdida, mientras que el mañana es la quimera de un nuevo tiempo que nunca acaba de llegar. El problema es que vivimos en el hoy. Y necesitamos soluciones ya.
No se trata pues de disputar una hegemonía, sino de liquidarla, de acabar con la imposición de centros de poder y defender la multiplicidad. No hay un relato para explicar el sufrimiento psíquico, hay múltiples relatos de múltiples sufrimientos psíquicos. La puesta en común de los mismos y de las estrategias de gestión empleadas por sus protagonistas es un camino de socialización de conocimientos que rompe con la lógica que conocemos. Aprender de un paciente puede parecer un sinsentido hasta que es útil. Es entonces cuando es posible entender que todas esas dualidades que se levantan alrededor no son sino muros.
Cierro el texto invocando el llamado “derecho de fuga”, una idea que tomo prestada a Sandro Mezzadra. No se trata de una figura jurídica, sino un concepto con el que el autor pretende reflexionar sobre la singularidad de las personas desplazadas. Con él, Mezzadra pretende remarcar la dimensión subjetiva de los procesos migratorios, los cuales quedan sepultados bajo el anonimato y el reduccionismo con los que quedan planteados dentro del contexto capitalista. Así pues, las personas diagnosticadas también tenemos el derecho de fugarnos del paradigma biomédico que triunfa a día de hoy. Tenemos derecho a buscar y a que se nos reconozca nuestra propia subjetividad mientras buscamos. Nuestra fuga permite que terceras personas puedan tomar conciencia de nuestra condición y nuestra experiencia. Reivindicar nuestra subjetividad implica romper con la posición subalterna a la que nos relega el paternalismo de las llamadas “ciencias psi-”, pero desde luego no equivale a suprimir todas aquellas condiciones objetivas que nos llevaron al sistema de salud mental. No somos reducibles a categorías estancas, no somos insectos y los profesionales de la salud mental no deberían ser entomólogos. Ese camino, esa forma de pensar, ha sido ya ensayado y el resultado está ahí para quien quiera documentar la derrota. Tenemos derecho a respirar aire fresco, o al menos a intentarlo. Desertar es un verbo que tiene algo hermoso. Implica una actitud. Lo cual no es poco en estos días aciagos. Cuando el pensar habitual, el que hemos heredado, fracasa, se hace necesario pensar de otra manera. Estamos habituados a afrontar la realidad en términos opuestos. Así, este nuevo pensar que se invoca en el título de este texto debiera ser un pensar contra el orden existente. Sin embargo, de lo que se trata no es tanto de pensar a la contra como de inaugurar otro pensar desde el momento mismo en el que hemos reconocido que el que existe se rinde.
Soy consciente de que este texto no tiene una estructura académica. Hablar desde la propia vivencia le condena a uno a abrazar ciertas heterodoxias. Si todo lo escrito tiene una finalidad o enseñanza, no pasa por que se la explique y desmenuce al lector en un último apartado de conclusiones, sino porque este la comprenda. Ojalá se entienda este matiz, y sirva de contrapunto al modo en que las personas diagnosticadas solemos ser tratadas en consultas, estudios, salones familiares o asociaciones de distinta índole. En última instancia, y al igual que otra mucha gente, yo no creo que el ser humano nazca bueno o malo. Creo que nace ignorante, estúpido. Y abandonar esa condición es la tarea de su vida. Quiero pensar que cada vez somos más quienes estamos inmersos en ese proceso.
Fernando Alonso


Superviviente del Sistema de Salud Mental

Escritos de Kat Abril de 2105

Señoras, señores, aquí tienen a un auténtico loco. Paranoias como estas solo se han visto en los manuales de psiquiatría y, según algunos, locos todos ellos, en algunas definiciones de "espíritu humano":

TODO LO QUE DIGA PUEDE SER UTILIZADO EN SU CONTRA
Un individuo recibe en su casa un pliego lacrado con un sello. Sus señas están escritas sin ningún género de duda en el apartado de destinatario, así que abre el pliego. Se oye un chasquido, como de un mecanismo al iniciarse. Dentro solo viene un número de teléfono, escrito en números grandes. Quizá aquello sea la respuesta a sus súplicas, en lo que ha depositado todas sus ilusiones, así que intrigado, a la vez que esperanzado, decide marcarlo inmediatamente. Se oye una voz en off con tintes mecánicosque dice: "Ha sido usted formateado. El sistema se reseteará en unos instantes. No intente huir, no tiene escapatoria posible. Recibirá un sobre con instrucciones y sus nuevas señas de identidad. Pasa usted a formar parte de nuestro ejército de zombis, muertos en vida que un dia se atrevieron a creer en sus sueños, cual si de humanos de verdad se tratasen, pobres ilusos. Debería haberse conformado con su vacía y gris existencia. Nunca verá un nuevo amanecer.
VARIACIONES SOBRE UN POEMA DE GERARDO DIEGO
La ciudad duerme en el sitio de costumbre, y en el lugar del suceso el farol asustado contempla el árbol preso...
lanzas rodean al árbol
farol por farol
todo seguirá igual
aunque haya tigres dormidos al acecho
aunque desluzca el sol de madrugada
aunque explote el aire en los pulmones
hay que vencer las sombras que amenazan
hay que impedir que la tiniebla llegue al rio 
hay que aplastar al pájaro siniestro
que devora el amor.

http://www.ccma.cat/tv3/retrats/Les-millors-frases-de-Jorge-L-Tizon-a-Retrats/noticia/2647004/

JAUME BARBERÀ CONVERSA AMB EL PSIQUATRE

Les millors frases de Jorge L. Tizón, a "Retrats"

"No hi ha malalts mentals: hi ha persones amb trastorns mentals." Aquesta és una de les reflexions de Jorge L. Tizón a "Retrats"
Jorge L. Tizón és neuròleg, psicoanalista i psicòleg. Està considerat un dels principals experts en salut mental de l'estat espanyol i una de les veus més crítiques amb el sistema de salut actual d'Espanya. Aquest dimecres, ell ha estat el protagonista del programa "Retrats". 
Us deixem algunes de les seves frases al programa:
"Un dels èxits comercials més importants del nostre temps és el mercat de la depressió."
"No hi ha malalts mentals: hi ha persones amb trastorns mentals." 
"El TDAH és una invenció farmacològica."
"Els estudis diuen que la depressió, des que es diagnostica tant, es diagnostica pitjor, perquè les veritables depressions es diagnostiquen menys que abans."
"Hi ha una bombolla farmacològica: davant d'un problema, donem un medicament i fora."
"Hi ha una compulsió a la solució fàcil i ràpida, en tots els nivells."
"Psiquiatres infantils em demanen ajuda per saber resistir la pressió que reben perquè mediquin els nens."    

Testimonios sobre la experiencia del taller de dibujo de imaginave - febrero 2015

 - "Las sesiones del taller son estables y su continuidad crea un ambiente grato , facilitador, y es una experiencia única hablar de los dibujos que cada uno va desarrollando.".
> 
> - " Vamos hablando de los dibujos como expresión de lo que sientes y es una forma de comunicación nueva y valiosa : aprender a dibujar sobre cosas propias , de dentro, nuestras y así aprender a hablar sobre ellas".
> 
> -" Poco a poco me he ido haciendo fan de los dibujos de los compañeros".
> 
> " Al final me día cuenta de que aquello que ha pasado en el taller de Imaginave fué terapéutico en una etapa en la que yo no tenía nada más que la medicación".
> 
> P: " crees que te ha ayudado poder hablar de tí y con otros en el taller?.
> G: Sí, sin ninguna duda . Y además me dí cuenta de que el silencio ha sido una parte importante de mi enfermedad, tanto como desencadenante como de la enfermedad misma .
> Se habla mucho de la hiperactividad en niños pero a los niños que están muy callados , les pasan cosas por dentro. Depende de cada niño. Y es importante intentar enterarse con todo el respeto qué problemas o dificultades puede tener.
> 
> 
> - P " Has dicho que tenías un dilema cuando se trata de arte entre expresión emocional y producto estético ?
> R " Sí y eso ligado a un problema de significado digamos nihilista, de lo que tengo a mi alrededor y de lo que es la vida misma y esto se contrapone a cosas en las que sí que creó como es el aprecio que tengo por mis compañeros de taller, por ejemplo."
> 
> 
> S: ¿Has evolucionado personalmente desde que empezaste el taller a ahora de alguna manera para tí?.
> D: " Sí. De no creer que nada pueda tener ningún resultado a saber que sí es posible mejorar. Antes era una persona muy pesimista. ahora dentro de las dificultades creo que se puede hacer y eso es un cambio, aunque provoca un tipo de dolor que es la frustración . Sí es posible a pesar de lo difícil que es . Si me preguntas una salud mental que no sea meramente medicación y no solamente a las personas con enfermedad mental grave sino a las personas de la calle les podría mejorar y a nivel social mejorarse la propia sociedad a través de tomarse en serio el tema de la Salud Mental : Sí, se puede hacer ".
> 
> M : ¿ Tú has ido cambiando tu idea de lo que era tu enfermedad mental?.
> N: Sí . En estos cuatro años fundamentalmente en la experiencia en el taller de Imaginave.
> Cuando yo plasmo fragmentos de mi enfermedad en un dibujo yo puedo manejar, ver y observar esos fragmentos. Yo desde pequeño he sido una persona muy de lenguaje porque las imágenes no las sabía dibujar bien . Qué pasa : el problema de la enfermedad mental es repetirse una y otra vez un discurso que te hace daño. pero cuando hago algo completamente nuevo , como es plasmar un fragmento en una hoja me ayuda en la manera de hablar y en el discurso interno . Mi diálogo interior era pésimo; me encontraba muy perdido.
> 
> F: " El hecho de darme cuenta de que yo estoy convencido de una cosa y de que no tiene que ser necesariamente así porque hay otras personas con otro punto de vista diferente y que puedo aspirar a esos procesos mentales más placenteros , menos dañinos de esas personas surge por darme cuenta de que puedo plasmar fragmentos de enfermedad en imágenes ...me hace darme cuenta de que yo no tengo toda la razón .
> 
> J: " Pienso que las personas con enfermedad mental grave pueden estar con unos discursos mantenidos durante mucho tiempo . Algunos durante mucho tiempo tienen por ejemplo alucinaciones con respecto a un tema y a esa persona le es muy difícil reconocer que no son verdad o que no tiene una parte de verdad porque al fín y al cabo es lo que esta percibiendo y lo puede estar percibiendo incluso muchos años. Yo estoy convencido de que sí muchos compañeros y amigos míos se atreviesen a expresar en una hoja esas angustias o esas alucinaciones o esas ideas reiterativas tendrían al menos una oportunidad de ponerlas en una perspectiva diferente y podrían ponerlas en solfa, podrían cuestionarlas . 
> 
> H: " Me sigue pasando que sigo teniendo mis períodos de depresión profunda...me da terror volverlo a tener, siendo realistas..pero ahora tengo unas herramientas que antes no tenía. Para mí la experiencia del taller tiene relevancia terapéutica a mí me ha ayudado a vivir y a no suicidarme. Lo digo así de claro.
> 
> I: " En mi caso empiezo a ser consciente ahora de que puedo desear unos objetivos personales unos objetivos vitales una cosa más completa, más yo. No es que me haya desprendido de la idea de que haya que esforzarse por las cosas. Se trata de que le doy un enfoque diferente de yo mismo con los demás y es vivir con relaciones de otra manera
> 
> 

Por qué debemos abandonar el modelo de enfermedad en la atención de salud mental

medicamentos
En el siguiente artículo publicado el pasado 17 de noviembre en Scientific American, el psicólogo clínico Peter Kinderman destaca el rol de los factores psicológicos en los problemas de salud mental, experiencias que, según su punto de vista, no pueden explicarse sólo en términos biológicos, sino más bien como el resultado de ciertas situaciones sociales que nos acontecen y que afectan la manera en que visualizamos el mundo que nos rodea. Kinderman señala la necesidad de alejarse del modelo de enfermedad que busca patologizar experiencias de desequilibrios emocionales que son respuestas totalmente humanas. Respuestas que, según la psiquiatría, deben ser resueltas a través del tratamiento farmacológico. El psicólogo británico afirma que tenemos en nuestras manos alternativas para generar un revolución en el campo de la salud mental, sin embargo, aún existen limitaciones tanto en la manera en cómo se abarcan estos problemas como también en los servicios de salud mental (por ej., centros comunitarios) donde el modelo de “enfermedad mental” ha podido mantener su presencia a través de los medicamentos como la solución principal.
Por Peter Kinderman
Peter Kinderman es director del Instituto de Psicología, Salud y Sociedad de la Universidad de Liverpool, Inglaterra.
Peter Kinderman es director del Instituto de Psicología, Salud y Sociedad de la Universidad de Liverpool, Inglaterra.
La idea de que nuestras emociones más angustiosas, como lo es la tristeza y la rabia, pueden comprenderse mejor como síntomas de un malestar físico, se ha vuelto general y seductora. Pero, bajo mi punto de vista, es también un mito, y uno dañino. Nuestra actual estrategia para ayudar a personas vulnerables con problemas emocionales graves se encuentra severamente obstaculizada por ideas anticuadas, inhumanas y fundamentalmente sin base científica sobre la naturaleza y los orígenes de los problemas de salud mental. Necesitamos un cambio radical y total, no solo en la forma en que comprendemos los problemas de salud mental, sino también en cómo diseñamos y ejecutamos los servicios en salud mental.
 Claridad sin un diagnóstico
Incluso las autoridades médicas principales han comenzado a cuestionar la medicalización progresiva de la vida normal y a criticar la poca confiabilidad, validación, utilidad y humanidad del diagnostico psiquiátrico convencional. Es importante que seamos capaces de definir, identificar y medir el fenómeno que estamos intentando estudiar y los problemas por los cuales la gente busca ayuda. Pero confundimos en vez de ayudar cuando utilizamos el lenguaje de la enfermedad médica para describir la respuesta entendible, humana y por supuesto normal de las personas ante circunstancias angustiantes o traumáticas. Entonces, hay razones éticas y humanitarias para ser escépticos frente al diagnostico psiquiátrico tradicional. Es extraño, pero enormemente significante que las estadísticas de confiabilidad para la influyente franquicia del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos mentales) de la Asociación Americana de Psiquiatría han estado cayendo de manera constante a través del tiempo. Es difícil distinguir diferentes “trastornos” de manera fiable, pero también es difícil identificar factores de riesgos etiológicos biológicamente específicos. De hecho, el director del Instituto Nacional de Salud Mental, Thomas Insel, sugirió recientemente que los diagnósticos psiquiátricos tradicionales han perdido su utilidad.
 El entendimiento en vez de la etiología
Es demasiado fácil asumir que los problemas de salud mental – especialmente aquellos más severos que atraen diagnósticos tales como el trastorno bipolar o la esquizofrenia – deben ser enfermedades biológicas misteriosas, aleatorias y esencialmente desconectadas de la vida de la persona. Pero cuando comenzamos a hacer preguntas sobre este modo de pensar del modelo de enfermedad tradicional, estas suposiciones empiezan a desmoronarse.
Algunos neurocientificos han afirmado que toda angustia emocional puede ser explicada finalmente en términos del funcionamiento de nuestras sinapsis neurales y sus neurotransmisores que transmiten señales. Pero esta lógica se aplica a todo el comportamiento humano y a cada emoción humana y no diferencia entre la angustia patológica – explicada como un producto de los “desequilibrios” químicos – y emociones “normales.” Además, si bien es claro que la medicación (como muchas otras sustancias, incluyendo las drogas y el alcohol) tiene un efecto sobre nuestros neurotransmisores, y por ende, sobre nuestras emociones y comportamiento, lo anterior está lejos de apoyar la idea de que las experiencias de angustias mentales son causadas por los desequilibrios en aquellos neurotransmisores.
Muchas personas continúan creyendo que los problemas serios, tales como las alucinaciones y las creencias delusorias, son de origen esencialmente biológicos, sin embargo, ahora tenemos bastante evidencia que las experiencias traumáticas de la infancia (pobreza, abuso, etc.) están asociadas a experiencias psicóticas posteriores. Existe una suposición casi instintiva de que el suicidio, por ejemplo, es una consecuencia de una enfermedad subyacente, que se puede explicar solo en términos biológicos. Pero esto se contrasta con la observación de que la reciente recesión económica ha tenido un impacto directo sobre los índices de suicidio, un ejemplo bastante dramático (y triste) sobre cómo los factores sociales impactan en nuestra salud mental.
La actividad neuronal y los procesos químicos en el cerebro yacen detrás de todas las experiencias humanas y es útil, sin duda, para comprender más sobre cómo funciona el cerebro humano. Sin embargo, esto es muy distinto de asumir que algunas de esas experiencias (psicosis, depresión, ansiedad, etc.) deberían ser clasificados como enfermedades. El cerebro humano no es sólo una estructura biológica compleja; es también un motor de aprendizaje fantásticamente elegante. Aprendemos como resultado de los eventos que vivimos, y existe creciente evidencia que los problemas de salud mental severos no son meramente el simple resultado de genes defectuosos o de químicos cerebrales. Son también el resultado de la experiencia – una respuesta normal y natural a sucesos terribles que nos suceden y que dan forma a la manera en que visualizamos el mundo.
Estigma y empatía
Tradicionalmente, la idea de que los problemas de salud mental son enfermedades como cualquier otra y que por tanto las personas no deberán ser culpados o considerados responsables por sus dificultades, ha sido vista como una herramienta poderosa para reducir el estigma y la discriminación.
Desafortunadamente, el énfasis sobre las explicaciones biológicas para los problemas de salud mental podría no ayudar debido a que presenta los problemas como una parte fundamentalmente heredada e inmutable del individuo. En contraste, un enfoque más genuinamente empático seria entender cómo todos respondemos emocionalmente a los desafíos de la vida.
Pero, las cosas están cambiando. A través de alrededor de los últimos 20 años , hemos visto un crecimiento receptivo y muy positivo por parte de los movimientos de usuarios y sobrevivientes de la psiquiatría, donde las personas que han vivido el tratamiento psiquiátrico participan activamente en campañas para reformas, y también señales de una cobertura más responsable de los medios. Estamos recién comenzando a ver los inicios de transparencia y democracia en la atención de salud mental. Esto ha conducido a llamados para alternativas radicales de los modelos tradicionales de atención, pero yo argumentaría que no necesitamos desarrollar nuevas alternativas. Ya tenemos alternativas efectivas y poderosas. Sólo debemos utilizarlas.
 Terapia
Los profesionales de la salud han manifestado sus inquietudes sobre los beneficios relativos de la medicación psiquiátrica y existe mayor evidencia sobre la efectividad de las terapias psicológicas, tales como, la terapia cognitivo conductual. De hecho, incluso para las personas con problemas de salud mental muy serios, como aquellos que conducen a un diagnostico de esquizofrenia, e incluso para aquellos que escogen no tomar medicamentos, dichas terapias son prometedoras.
Debemos situar a las personas y a la psicología humana en el eje de nuestros pensamientos. La ciencia psicológica ofrece modelos científicos sólidos para la salud mental y el bienestar, las cuales integran descubrimientos biológicos con la evidencia substancial de los determinantes sociales de la salud y del bienestar, mediado por los procesos psicológicos.
Debemos alejarnos del modelo de enfermedad, el cual asume que el desequilibrio emocional es meramente un síntoma de la enfermedad biológica, y en cambio adoptar un modelo de salud mental y de bienestar que reconozca nuestra humanidad compartida y esencial. Nuestra salud mental depende, en gran medida, de nuestro entendimiento del mundo y de nuestros pensamientos sobre nosotros mismos, otras personas, el futuro y la sociedad. Los factores biológicos, factores sociales y los factores circunstanciales – nuestra experiencia humana – afectan los procesos psicológicos claves que nos ayudan a desarrollar nuestro sentido de quiénes somos y la manera en que funciona el mundo.
Un Nuevo enfoque
Portada del libro “Una receta para la psiquiatría: Por qué necesitamos un enfoque completamente nuevo hacia la salud mental y el bienestar”.
Portada del libro “Una receta para la psiquiatría: Por qué necesitamos un enfoque completamente nuevo hacia la salud mental y el bienestar”.
En mi nuevo libro, Una Receta para la Psiquiatría, ofrezco un manifiesto para la salud mental y el bienestar. Argumento que los servicios deberían estar basados sobre la premisa de que los orígenes de los desequilibrios mentales son mayormente sociales. La idea principal que sustenta los servicios de salud mental necesita cambiar; desde una suposición de que nuestro rol es tratar una enfermedad hacia una apreciación de que nuestro rol es ayudar y apoyar a las personas quienes están afligidas como resultado de sus circunstancias de vida.
Esto también significa que debemos remplazar los diagnósticos tradicionales con descripciones claras, sencillas y directas de los problemas. Debemos dejar de considerar los desequilibrios emocionales de las personas que son muy reales como meramente síntomas de una “enfermedad” diagnosticable. Una simple lista de los problemas de las personas (definidas adecuadamente) tendría una mayor validación científica y seria más que suficiente como base para la planificación de la atención individual y para el diseño y la planificación de los servicios. Esto no significa rechazar el rigor del método científico – es más bien lo contrario. Mientras los diagnósticos psiquiátricos carecen fiabilidad, validación y utilidad, no existe una barrera para la definición operacional del fenómeno específicamente psicológico y es igualmente posible desarrollar planes de tratamiento coherentes desde aquella base.
Todo esto significa que debemos alejarnos del diagnostico de la enfermedad y de la búsqueda de una etiología biológica y en vez de eso, identificar y entender los mecanismos causales del fenómeno definido operacionalmente como psicológico. Nuestros servicios de salud deben reducir considerablemente nuestra dependencia sobre la medicación para abordar el desequilibrio emocional. No debemos basarnos en la medicación para “curar” o incluso “manejar” “enfermedades” subyacentes que no existen.
Debemos ofrecer servicios que ayuden a las personas para que se puedan ayudar ellos mismos y a otros en vez de desempoderarlos – servicios que faciliten la “agencia personal” como se dice en la jerga psicológica. Esto significa involucrar un rango amplio de trabajadores comunitarios y psicólogos en equipos multidisciplinarios, y promover soluciones psicosociales en vez de médicas. Donde la terapia individual sea necesaria, con terapias psicológicas efectivas, basadas en la formulación personal (y por ende, individualmente adaptadas) y deberían estar disponibles para todos. Cuando las personas se encuentran en una crisis grave, el cuidado residencial podría ser necesario, pero esto no deberá ser visto como un asunto médico. Dado que un modelo de enfermedad es inapropiado, también lo es el atender a las personas dentro de pabellones hospitalarios. Se necesita un modelo diferente de atención.
Adoptar este enfoque resultaría en un cambio fundamental desde un enfoque medico a uno psicosocial. Significaría moverse desde un hospital a una atención residencial social y una reducción significativa en cuanto a la medicación. Y debido a que las experiencias de negligencia, trauma y rechazo son enormemente importantes en el origen de muchos problemas, necesitamos intensificar nuestros esfuerzos para abordar los asuntos subyacentes del abuso, discriminación y la inequidad social.
Este es un llamado inequívoco para una revolución de la manera en que conceptualizamos la salud mental y cómo proveemos el servicio para las personas que se encuentran con desequilibrios emocionales, pero creo que es una revolución que ya se encuentra en camino.
 Traducción: Tatiana Castillo Parada